Testamento

Instituto Joaquín Herrera Flores - América Latina

Joaquín Herrera Flores

1-     Nací débil. Así comienza Santos su testamento. El testimonio de su voluntad. Palabras que intentan explicar cómo se fue formando su carácter, sus ideas y el objetivo que pretende conseguir después de que su voluntad acabe desvaneciéndose entre anestesias ficticias y reales. Fue un niño y un adolescente débil y contemplativo. Sus primeros recuerdos se reducen a una mecedora situada en un lado del salón de la casa de sus padres. El niño y, más adelante, el adolescente se pasaba horas y horas meciéndose mientras escuchaba ininterrumpidamente los programas que ponían en la radio. Músicas de moda, canciones publicitarias (…aquel negrito del África tropical…es el colacao desayuno y merienda…), noticias optimistas sobre la marcha de la nación, ocultamiento sistemático de lo que el niño veía cuando iba hacia el colegio: grupos de jóvenes que, sin él saber cómo lo hacían, acababan uniéndose, levantaban una pancarta y pedían libertad. ¿Libertad? Decía meditabunda su abuela, terminando siempre de la misma manera: Estos no han vivido una guerra…ahora vivimos en paz…¡25 años de paz! Podía leerse en letreros repartidos por las carreteras. Y ya verás como tu padre con todos esos líos en que se mete nos va a provocar algún problema. Eran años difíciles para el niño. Sus doce años no eran suficientes para comprender y mucho menos para participar. Bastantes problemas tenía que afrontar para quedar indemne en ese cuadrado cruel en que se convierten los patios de los colegios a la hora de los recreos. Sobre todo, para niños débiles, con dificultades para el deporte y para vencer en las inevitables peleas juveniles. Muchos años después comenzó a enterarse que a finales de los sesenta en todo el mundo la gente se rebelaba de un modo realista “pidiendo lo imposible”. ¿Lo imposible era ser realista? ¿No era más bien ser un idealista? ¿De esos que al final, como sucedía en las series de la incipiente televisión, terminaban poniendo bombas y matando inocentes? Ana, la mujer que cuidaba de la casa y, por supuesto, de todos se sentaba a su lado y casi siempre terminaba llorando por algún final infeliz de aquellos novelones radiofónicos que tanto le gustaban al público de los años sesenta en la España oprimida por la dictadura y por su religión oficial: el odioso catolicismo. Reza niño, reza. Le conminaba la abuela cada vez que tenía una oportunidad para hacerlo. Y si pasas por la capilla de la virgendelcarmen tienes que santiguarte. Si no lo haces ¡quién sabe lo que puede pasarte! Las pesadillas del niño eran recurrentes: no se persignaba y en ese preciso instante todas las desgracias del mundo caían no sólo sobre él, sino sobre toda su familia. Para ir al maldito colegio de curas maristas en el que lo habían matriculado, debía salir temprano de su casa. Casi siempre subía distraído la calle San Jacinto. Siempre por la acera donde estaba la fábrica que hacía sonar su sirena todas las tres de la tarde. El niño sabía que si seguía por ahí podría vislumbrar las sombras amenazadoras de la comisaría de policía y el brillo sabroso de los pasteles de Filella, que aún hoy le parece poder saborear. Todas las mañanas el niño ascendía la calle del santo, sabiendo de antemano que tendría que llegar al altozano, a esa plaza medio hundida hacia el río y que contradecía en toda su plenitud el nombre con el que la gente la llamaba. Dejando a su izquierda el mercado popular adonde trabajaban algunos de sus tíos y primos llegaba el fatídico momento. No había modo de esquivar la capilla de la virgen, a la cual nunca vio del todo pues se escondía tras unos barrotes que al niño siempre le inquietaron por su espesor y su negrura. Una vez allí había que santiguarse si uno no quería que el rayo de la maldición cayese sobre él. Había veces que el niño se detenía con la excusa de amarrarse los cordones de los zapatos y de ese modo observar cómo había personas mayores que pasaban por ahí sin persignarse. ¡Qué horror! ¿Qué podría sucederles a lo largo del día? Por las noches, después de aguantar la pésima y aborrecible enseñanza de aquellos asquerosos curas, haber escuchado la radio y haber aguantado en silencio, vigilado por los ojos bondadosos de la abuela, los insultos a media voz que su padre siempre le dirigía al dictador y a toda su camarilla, había que acostarse y comenzar a sufrir el miedo que le producía la virgen, imagen vengativa siempre dispuesta a castigar a quien no la saludaba o mostraba su sumisión. Reza, niño, reza. Y así hacía el niño hasta que, con el miedo en los labios, lograba dormirse.

2-     El niño se sentía débil. Nunca había tenido las fuerzas necesarias siquiera para hacer alguna gamberrada. Cuando más tarde hizo algunas, siempre fueron estupideces provocadas por sensaciones de privación. ¡Qué fácil hubiera sido delinquir! El niño retraído en sí mismo nunca iba por el centro de las aceras. Le gustaba caminar pegadito a las paredes para no llamar la atención de aquellos muchachotes que seguro robaban, fumaban y no se persignaban. El niño comenzó a leer pronto. Casi sin maestros ya conseguía unir las sílabas. Su madre siempre le señalaba los letreros de las tiendas y él iba comprendiendo lo que eran las palabras. Su debilidad y los problemas derivados de la misma lo condujeron a las palabras. A los libros de Jules Verne, de Walter Scott, de los tres (¿o eran cuatro?) mosqueteros. Leía todo lo que caía en sus manos. Incluso dedicó todo un verano a tragarse sin comprender demasiado las obras completas de John Steinbeck. El poneycolorado, alestedeledén, lasuvasdelaira…Con este último libro comenzó a latir en su aturdido corazón una especie de deseo de venganza, de convertirse en un zorro o un coyote y cortarle el cuello a todos aquellos propietarios de tierras que provocaban tanto sufrimiento a las pobres gentes. Una vez superadas las pesadillas provocadas por la virgendelaltozano (un día había pasado distraído por delante de ella y ¡¡no le había pasado nada!! que no fuera el sufrimiento cotidiano de ser un infante solitario y cada vez más avergonzado de su naturaleza física) los sueños los dirigían las desgracias y errores en los que caían una y otra vez los hijosdelcapitángrant o los pulposqueatacabanalnautilus… Y siempre era él el Ivanhoe que se lanzaba a toda velocidad en su caballo para salvar a sus héroes y convertirse él mismo en un héroe aclamado por todos. Admiraba a Robin Hood como únicamente un niño puede admirar al vasallo de un gran rey que de un momento u otro va a aparecer en la novela. Y, siempre con alguna distancia, se identificaba con Raskolnikov y sus dudas justo antes de entrar en la habitación de la vieja y partirle la cabeza en dos. ¿Cómo era posible que Sonia lo siguiera amando después del crimen? ¿Qué quería aquel fiscal que lo interrogaba? Al fin y al cabo Raskolnikov no era más que un pobre desgraciado que no tenía medios para desenvolverse en la vida. Entonces ¿por qué mierda él mismo se arrepiente de haber matado a la usurera? Crimenycastigo fue leído por el niño decenas y decenas de veces. Y siempre lo emocionaban aquellas descripciones de la pobreza rusa, centrada en la mente nublada del niño en una palabra incomprensible que se repetía una y otra vez: el samovar. ¿Animal doméstico? ¿Especie de chimenea? ¿Algo para calentar la cama…? Raskolnikov tuvo el valor de realizar la venganza…Entonces ¿por qué tanto arrepentimiento? Has hecho lo que tenías que hacer. Aquel que acumule las riquezas que les pertenecen a todos nada más por ser individuos tienen que sufrir un castigo. No tu castigo, raskolnikovito, sino el castigo de los que nos hacen sufrir de privaciones. El niño volaba una y otra vez sobre esta convicción y nunca comprendió los devaneos morales de su matador de viejas usureras. Lo mismo le ocurría con el Tommy Joad de lasuvasdelaira. Ni Tommy, recién salido de la cárcel, ni el antiguo predicador, ni el “fantasma de los campos” (antiguo propietario igualmente desahuciado) comprenden bien lo que ocurre. El niño nunca pudo olvidar aquella conversación en la que le comunicaban al campesino que tenía que abandonar la tierra en la que su familia había vivido durante más de cincuenta años y le preguntaba al que traía la orden de desahucio quién era el culpable de todo aquello…nadie sabía quién era…ni el ejecutivo de la empresa…ni el apoderado del banco…ni nadie parecía ser el culpable…sólo el viento…el maldito viento que había convertido los campos en puro polvo. El fantasma y el predicador le echan la culpa al viento, mientras Tommy parece dudar y se resiste a esconderse cuando de pronto llegan los ahora dueños de lo que fue su tierra buscando a sus amigos. Tommy había pasado cuatro años en la cárcel por un homicidio cometido durante una pelea en una fiesta. No tiene mucha prisa por encontrar a su familia: cree saber que todo seguirá igual. Es emocionante ver al personaje embutido en las formas pausadas y casi aéreas de Henry Fonda. En el momento de esconderse para que no lo ven los hombres armados que llegan a “su casa” se pregunta cómo es posible que tenga que huir de su propia historia familiar. Nadie comprende nada. Sólo el viento y la sequía y alguna nube negra debían ser los culpables de todo aquello. Uno puede imaginarse a los campesinos pobres de todo el mundo preguntándose lo mismo cuando llegan las grandes compañías agroquímicas y los van echando de sus tierras. ¡Qué vino puede surgir de esas uvas que alimentan la ira y el deseo de venganza! Nuestro niño leía todo aquello casi con lágrimas en los ojos. ¿Por qué? ¿Por qué?…¿Qué han hecho los pobres campesinos para que les quiten sus casas y los arrojen a la emigración…? Y todos se van a California y van muriendo por el camino, y van pasando hambre y Tommy va comprendiendo la necesidad de organizarse contra los patrones. Poco a poco (¿a pesar del propio Steinbeck?), va surgiendo la conciencia de clase y ¡cómo no! de la solidaridad de ser pobre, de lo que la gente puede hacer sin tener que llevarse un bocado al estómago…Pero ¿por qué? Con sólo un poco de imaginación las uvasdelaira de Steinbeck nos podía servir para comprender el horror que viven esas personas que se lanzan al mar para llegar a la california europea. Personas que viven alucinadas con la riqueza del mundo desarrollado económica y culturalmente. Personas que le siguen echando la culpa al viento y se siguen convirtiendo en fantasmas que cruzan desiertos, fronteras y mares para llegar al dolor y a la esclavitud. ¡Europa: el euro, el fútbol, las oportunidades, el ejecutivo con corbata! ¡Europa, el bolsillo vacío, el fútbol, la falta de oportunidades, el que trabaja la tierra entre plásticos y malvive sin muchas posibilidades para llegar a tener una corbata…! ¡Europa! ¡La vieja y rica Europa! ¡El continente de las libertades y de las posibilidades! ¿Entonces…? ¡Quién sabe! El caso es que si ahora nadie quiere comprender y si nadie comprendía lo que ocurría en 1939 en Oklahoma, ¿cómo podía entender aquel niño debilitado por un cuerpo enfermizo y dominado por la magia de las palabras el sentido del libro de Steinbeck? Pero lo leía y lo leía y lo releía y otra vez su mente volaba para ayudar a aquella pobre gente, justo antes, siempre justo antes de dormirse.

3-     El niño creció desmesuradamente. Con todas sus dificultades logró superar la enseñanza primaria y la secundaria. No sabía bien lo que hacer. Sólo había tenido una novia, rubia, angelical, de ojos como lagunas celestiales, que lo había dejado plantado en medio de la acera de la calle. Todos sus amigos comenzaban ya a plantearse sus estudios superiores, pero algo bullía en la cabeza de aquel adolescente borracho de uvas de la ira. Unos iban para las bellas artes, otros para las humanidades, otros para las contabilidades y él no sabía bien qué hacer y por donde dirigir sus tímidos y tambaleantes pasos. Casi sin quererlo comenzó a frecuentar ambientes más perversos que los que compartía con sus fornidos y bien alimentados amigos. Bares nocturnos “sólo para locos”. Lobos esteparios en medio de un barrio mezquino en belleza y en urbanismo. Perros callejeros que se pasaban horas y horas apoyados en las esquinas juntando algún dinero para poder comprar un gramito de azúcar moreno, de lluvia púrpura, de lucyintheskywithdiamonds… vamos… gramitos de caballos donde cabalgaban los jinetes de la tormenta. Años de plomo que pasaron sin salir de los invisibles muros de los trasteros del barrio. Años sin proyectos. Años de droga. Droga durante años, o durante meses, o ¡quién puede contar el tiempo que uno pasa drogado! Época peligrosa en la que la tentación de robar para satisfacer la necesidad corporal de la droga se unía al odio cada vez más creciente contra una sociedad injusta la miraras por donde la miraras. Inconciencia consciente, porque uno nunca deja de tener consciencia del horror en el que vive y de la sociedad en la que sobrevive. Años de viajes sin rumbo, sin interés, sin objetivos, sin lecturas…persiguiendo todo el imaginario de ídolos en los que poder reflejar la pérdida de sentido de la vida y la ganancia de una sabiduría ignorante del sentido de la vida…Años (meses) psicodélficos en los que uno pretende conocerse a sí mismo y no ve más que glóbulos rojos pidiendo a gritos el alimento diario de jeringuillas y aceites alucinógenos…Años (meses) psicodélficos porque recuerdas en todo momento que vas a morir, que te puedes morir, que te estás matando y que, por mucho, que estés bajo el Partenón o tomando el fresco a la sombra de Santa Sofía o acuciado de pedigüeños (que tienen aún menos que tú), sea en la explanada de Agra, sea en las murallas de Marrakech, sea vislumbrando de lejos el misterio argelino del mercado en Ghardaia en plena pentápolis del M’Zab…sea sentado alrededor de algún gurú budista que dice que es budista y que todos debemos ser budistas para vivir sin viento, en el lugarsinviento, en el nirvana…sea donde sea o perdido donde te hayas perdido sabes, sin duda alguna, que por esos caminos sin sentido (o sin viento) sólo te espera la muerte agazapada tras alguna palmera de M’hamid al sur de Marruecos o confundida con los turistas en alguna barcaza del Sena o sentada a tu lado en un coffeeshop de Ámsterdam o saludándote contenta al haber perdido el ferry que sale del puerto de Helsinki y se va desvaneciendo en la niebla de las aguas gélidas e inquietas del norte…

4-     … y el viento. El viento gélido e invisible que mataba. Nadie sabía que la amenaza de la muerte circulaba por las jeringuillas. Sólo se contaban las historias de éste o de aquél que había muerto pesando sólo un poco más de treinta kilos. Y el monstruo que chupa las defensas cerniendo sobre nuestras venas su venganza por haber querido volver al paraíso, por haber buscado el camino a Ixtlán, por odiar el soma y adorar la especia de las dunas que convierte los ojos en mares azules que añoran la libertad. Unos morían y otros se daban, poco a poco, cuenta de que los caminos no son los mismos para todos. Santos decidió viajar montado sobre su vieja ducati. Lo peor fue salir de la península ibérica: en cada ciudad volvían las tentaciones de acariciar el lomo del monstruo. Pero no. Atravesando las infinitas curvas de las montañas italianas. Sentado, asombrado, a la sombra del muro que separaba a las personas por los intereses de los mismos de siempre. Trabajando aquí y allá. Conociendo en propia carne la explotación y la bajeza en la que puede hundirse el ser humano. Y, sobre todo, amando a aquella chica cuyo cabello flotaba por encima del azul del mar mediterráneo y, harto ya de haber perdido la senda del sentido de la vida, volver a la ciudad, ya cambiado, ya madurado, ya curado, ya conocedor de que el paraíso había quedado atrás, atrapado, como una red de pescador, en la cabellera de aquella mujercita y dispuesto a retomar “the sense of life”. Curado de la búsqueda de paraísos artificiales. Pero sin olvidar nunca al personaje de su infancia, el valiente Tommy Joad y su entrega por los derechos de sus hermanos y de sus iguales. El jovencito volvía en su ya medio muerta ducati por las carreteras interminables y quemadas de la Mancha. Sus ojos dejaban salir lágrimas negras por las que resbalaban los deseos del ideal. Pero en su rostro se instalaba alguna certidumbre. Tommy Joad tenía que triunfar y no sólo en el milagro del consumo, sino en la lucha por la vida, por la libertad, por la justicia, por la organización, por la fuerza y la potencia enfrentadas contra la opresión, los privilegios y todos los formalismos que sólo permitían reivindicar lo que era funcional para el sistema que asesinaba a los Joad, que perseguía a los bandoleros, que obligaba a huir de su casa a un Gerard Depardieu por haber hecho justicia en pleno inicio del novecento y yo que sé cuántas barbaridades más. En uno de sus bolsillos le quemaba el libro de Frantz Fanon sobre los condenados de la tierra y en su corazón vivían pegadas las palabras de Ulrike Mainhof, esa mujer que hizo temblar de terror a la policía de una alemania dedicada ya a convertirse en el centro económico de esa mierda que llamaban la europaunida. Ulrike denunciaba esa feroz agresividad para la que no hay válvula alguna salvo la de vivir a cámara lenta la desaparición de los ideales por los que se luchaba…morir en la celda de castigo…morir por luchar equivocando los medios…ellos siempre tienen más armas y, además, gozan la legitimidad que les otorga el asentimiento del resto de millones de rostros que sólo desean vivir sus vidas en paz y dejarse ya de experimentos anarquistas, comunistas, socialistas, fourieristas…Miedo. Dolor. Suicidios. Arrepentidos. Luchas fabriles y febriles en medio del gran proyecto de la europaunida. ¿Qué hacer? En la ducati renqueante el jovencito, ya madurado, soñaba con recuperar el estudio, la construcción de un espacio propio libre de liberación personal y dejándose crecer el cabello fue cortándose las alas de los paraísos imposibles y, tragándose los sapos y culebras del sistema universitario, conseguir un pequeño rincón donde seguir tras la barricada y comunicar a Tommy Joad que él tenía razón, que no era el viento el culpable del desahucio de su familia, que había intereses poderosos que anhelaban apoderarse de todo y convertirlo en una mercancía…¡Una mercancía! ¿Cómo convertir la vida, la historia, el aire, el amor…en una mercancía? Fácil, decían los profesores que leían embelesados lo que los funcionarios del sistema escribían desde sus prestigiosas cátedras. Fácil, decían los políticos de los que siempre el jovencito había desconfiado. Todo puede comprarse o venderse. Y si hay algo que no puede ser tragado por el mercado, entonces coloquémoslo más allá de los patrones, pero también de los tommyjoads del mundo. Ni para unos. Ni para otros. Las mercancías se convertían en derechos y ¡allá los que no puedan ejercerlos!. De ese modo, el ya no tan joven motociclista, fue madurando y madurando hasta que encontró la oportunidad de gestar algo por sí mismo y desde ahí seguir vengando a tommyjoad, al esclavizado “viernes”, a los “miserables”, a los que ni siquiera tienen en su cabeza la palabra propiedad, a los que no les satisfacía el lugar adonde las inercias de la vida los iba llevando…

5-     Y ahora, viviendo los momentos previos a una grave intervención quirúrgica en el corazón, el ya maduro niño débil que no entendía lo que ocurría en la época de la gran depresión escribe estas líneas como testimonio de su voluntad. Como un testamento desde el que quiere, de nuevo ingenuamente, entregar el testigo para que los pequeños espacios construidos desde la lucha y para la lucha a favor de las pobres gentes siga adelante. La universidad debe servir para algo más que para discutir este o aquel párrafo de algún filósofo entregado a la lógica del único lenguaje que entiende: el lenguaje de la dominación. La universidad debe servir para algo más que para dar cobijo a los que quieren dividir el mundo entre los ciudadanos, esos gnomos pasivos que obedecen y pueden ser reconducidos al redil cuando por alguna razón se han desviado de la línea correcta y los enemigos, aquellos que no se conforman con que se encierren y se expulsen a los que vienen pidiendo trabajo y ciudadanía, aquellos que ocupan las casas y los edificios que el mercado considera de poco valor y que ellos convierten en islas de libertad, de amor y de riqueza humana, aquellos que siguen mostrando desconfianza por las leyes y asociaciones que protegen la privatización de las ideas, aquellos que se cuelgan de puentes para protestar, no sólo por la extinción de las ballenas, sino, asimismo, por alguna reunión de poderosos que se juntan para sentar las bases de nuevos asesinatos y nuevos genocidios legitimados por los “amigos”…La universidad debe seguir siendo la casa de los que luchan por aumentar las garantías que los que trabajan por cuenta ajena nunca deberían olvidar. La universidad debe ser el lugar donde estos “enemigos” tengan por lo menos un espacio de amistad, de compañerismo, de pensamientos libres y atrevidos y osados y subversivos. Esa barricada quisiera legarla a los enemigos de este sistema castrador de mentes, de alas, de voluntad de ser Ícaros que no se conforman con volar por el “justo medio”. Una pequeña, minúscula, humilde barricada desde la que reunirnos con las personas humilladas y ofendidas por los profesores de lógica y los acaparadores de títulos que no ven más que lo que tienen delante de sus atrofiadas narices. Y quiero que Dulce Martín Torcecki organice estos fragmentos escritos en medio del miedo y que haga lo que quiera con las paredes de la casa que los dos llamamos Babilon. Y quiero que Carol Proner vea que la barricada puede servir para algo en un mundo lleno de campos de batalla y reorganice los medios que andan por ahí dispersos. Y quiero que Xixo saque unos minutos de sus múltiples obligaciones y nunca deje de recordar al mundo que él fue uno de los primeros en construir la barricada. Y quiero que Marcelo, mi gran amigo, ayude a Dulce a limpiar Babilón de cualquier exceso de estímulos y plante árboles por medio mundo y que en cada rama y en cada raíz y en cada flor coloque un recuerdo de esas aventuras que hemos recorrido juntos. Y quiero que Vicente siga siendo lo que es, un gran amigo de sus amigos y un compañero fiel en la construcción de otros espacios en los que la gente que ambos queremos y amamos pueda atravesarlos con la cabeza alta.